No fueron los ladrillos, apilados con orden y sentido común, ni los arcos, primero de madera sin tornear y luego de caño, ni siquiera los tablones, que movían sin moverse, los que llenaron ese vacío cenagoso en el terreno de los Iraola, fue la gloria eterna o la mística trascendente, acaso ambas conjugadas o causa-consecuencia una de otra, las que transformaron al Estadio de Estudiantes en un templo del fútbol.
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